
Rulos, éxito y destreza
Por Hannah Harboe, fisioterapeuta
Poder hacer algo que antes no podíamos hacer es una sensación fantástica para todos nosotros.
En el caso de los niños, este sentimiento a menudo está vinculado a las habilidades motrices: aprender a gatear, a caminar, a dar palmas, a subir una cremallera, etc.
Cuando observamos a los niños aprender nuevas habilidades, podemos ver y sentir esa sensación de éxito. Es completamente natural compartir la alegría que produce este logro. Se les felicita por sus esfuerzos y se refleja la alegría y el entusiasmo de los niños.
A algunos niños les cuesta adquirir nuevas habilidades. Del mismo modo que el éxito llama al éxito, un fracaso puede hacer que el niño pierda todo el valor y desencadenar una espiral negativa en la que pierde la confianza en su capacidad para aprender cosas nuevas.
Estos niños tienden a encerrarse en sí mismos, a entristecerse y a negarse a participar en actividades que no han practicado antes.
Sin ayuda para revertir esta espiral negativa, la falta de confianza en sí mismo puede dañar la autoestima del niño. El niño se construye una imagen de sí mismo como una persona que no quiere y no puede.
A muchos les parecerá insuperable aprender a desplazarse sobre el rulo. A primera vista, lograr mantenerse de pie y avanzar sobre el rulo parece requerir mucho entrenamiento.
En realidad, la gran mayoría de los niños sin ninguna discapacidad particular pueden aprender a desplazarse solos sobre el rulo tras unos 30 minutos de entrenamiento.
El rulo es, por tanto, ideal cuando un niño necesita experimentar una sensación de logro y reforzar su confianza en sí mismo. La imagen que el niño tiene de sí mismo pasa de ser la de un niño que no puede a la de un niño que sabe superar las dificultades y adquiere destreza aprendiendo a través de la práctica.
Estudio de caso
Una pareja de padres acude a mí porque sienten que su hija de 7 años, Christina, se aísla en todas las interacciones fuera de casa. Se niega a jugar con sus amigas en cualquier lugar que no sea su casa. En el colegio no se atreve a levantar la mano y le da miedo que la profesora le pregunte algo.
En casa se muestra irritable y triste cuando hace los deberes con sus padres, y antes de abrir los libros ya dice que no entiende nada.
La actitud negativa que adopta Christina ante lo que se le pide llega a tomar tal magnitud que perjudica su bienestar general. Duerme mal, come poco y evita los juegos y la compañía de sus amigas.
Decido con sus padres que vamos a revertir esta espiral negativa mediante ejercicios motores y trabajo corporal, con el fin de proporcionar a Christina una sensación de control y asociar sensaciones positivas al aprendizaje.
Christina ya ha venido cinco veces a sesiones individuales conmigo. Nos hemos ido conociendo y ha comprendido que no le haré realizar actividades para las que no esté capacitada.
Organizamos circuitos de motricidad en los que hizo lo que ya sabía hacer, la felicité por su participación y nos reímos.
Sus padres estaban allí, la apoyaron física y verbalmente. Christina no tardó en acudir con entusiasmo.
Hoy he previsto una propuesta con el rulo. Es algo nuevo para ella, todavía no lo ha probado nunca.
Ayudo a Christina a subir al rulo y le sujeto el brazo.
Le prometo que no la soltaré hasta que esté lista. Le digo que sé bien que todavía no lo va a lograr sola. En este contexto, reconocer que aún no es capaz es muy importante y es mucho mejor que decirle «¡vamos, tú puedes!» como se suele escuchar con tanta frecuencia para animar a los niños y demostrarles que se cree en ellos.
Christina se muestra reacia en el primer intento, pero aun así participa y la felicito.
Hacemos una pausa, comemos una galleta y comentamos que el rulo es bastante difícil, parece un ejercicio de circo.
Tras la pausa, conseguimos subir y bajar del rulo. Al tercer intento, Christina prueba a subir sola al rulo, sin ayuda. Se llena de júbilo y sus padres la aplauden.
La sostengo y, de repente, Christina me dice: «Intenta soltarme». Avanza 50 cm ella sola, sin caerse.
Todo el mundo está muy contento y todos compartimos la alegría y el éxito de Christina. Ya no hay quien la pare. Las distancias que recorre sobre el rulo son cada vez más largas. Me autoriza a grabarla para que después pueda ver sus progresos en el vídeo.
La espiral negativa se invierte progresivamente y la sensación de control sobre el rulo tiene consecuencias más amplias.
Los padres le recuerdan a Christina esta experiencia positiva cuando no se atreve a probar algo nuevo.
«¡Acuérdate de cuando aprendiste a rodar sobre el rulo!» se convierte en una frase que le recuerda que hay que atreverse a intentarlo y que es necesario practicar para lograr dominarlo.
A partir de ahora, Christina ya no es la niña que no se atreve a nada: se ha convertido en una niña que ha aprendido a superar las dificultades mediante la práctica y que no se rinde.


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